Dentro del día.
Tres espectáculos seguidos.
Casi sin pausas, sin comida, sin tiempo.
Todo se mezcla: los cuerpos, el polvo, el sudor y la luz de los focos, y en medio de todo eso ya no queda tiempo para fingir, es imposible ser alguien distinto de uno mismo.
Cada número es una respiración, cada salida al escenario —una confesión.
Como si la cámara no estorbara, sino ayudara a decir: mira, aquí estoy, aquí estamos, esto es real, estamos vivos, estamos aquí.
Y tú, con nosotros — viva también.
Veo a una artista persignarse antes de salir al escenario, y sé que no es porque “así la enseñaron”, sino una oración verdadera, después de haberse caído hace poco.
Veo a otra chica estirarse en la estructura de los motociclistas, aunque ya haya actuado magníficamente en todo un espectáculo.
Veo que, después de otro show, uno de los acróbatas de repente cojea —y yo no noté que algo había salido mal durante la función. Me parte el alma pensar: ¿y si ya salió a trabajar con dolor?..
Veo que se puede confiar en las personas, incluso sin saber la mayoría de sus nombres. Y a los que sí conozco — igual logro confundirlos :)
Pero eso no me impide sentirlos como de mi familia.

Espero que tú también puedas verlo.
...Veo que, en medio de todo este caos humano, los límites personales no son palabras vacías, sino que se respetan al más alto nivel.
Aquí, por primera vez en varios años, no sentí miedo cuando uno de los artistas se acercó más de lo que normalmente permito a un desconocido: solo intentaba hacerse oír por encima de la música para decirme “thank you for photos”.
— ¿Puedo hacer una exposición sobre ustedes?
— Claro, y ni siquiera tienes que pedirle permiso a nadie, todos somos latinos —gente buena.
...Veo al malabarista que no puede dejar de lanzar y atrapar, incluso detrás del escenario, como si al soltarlo todo se desmoronara.
Y yo tampoco puedo soltar.

En el circo encontré tanta verdad como había buscado toda mi vida.
Cuando todo terminó, uno de los artistas me ayudó a llevar todas las cámaras hasta el coche. Salimos de la carpa, cargamos el equipo, nos despedimos.
Me senté en el bordillo junto al coche y empecé a llorar. Largo rato.
De felicidad, de cansancio, de no poder contenerlo todo.

Dejé de llorar como un mes después.
O quizá, en realidad, nunca dejé.