Estoy bajo la cúpula, en el pasillo del medio,
la sala por fin está llena de espectadores.
Suena el tercer llamado, la luz cambia, la música comienza, levanto la cámara… Y de repente, algo dentro de mí se quiebra.
Empiezo a llorar. Las lágrimas caen solas — no por algo en particular, sino simplemente porque está ocurriendo.
Porque estoy aquí, porque todo esto es real. Me recompongo rápidamente, me seco los ojos, tomo la cámara y, paso a paso, empiezo a fotografiar para no ahogarme en mi propia emoción.