¿Y ustedes están listos para verlo de verdad?
La luz cae sobre ellos, pero de alguna manera toca a cada espectador.
Tal vez porque están dispuestos a compartirla.
Estoy bajo la cúpula, en el pasillo del medio,
la sala por fin está llena de espectadores.
Suena el tercer llamado, la luz cambia, la música comienza, levanto la cámara… Y de repente, algo dentro de mí se quiebra.
Empiezo a llorar. Las lágrimas caen solas — no por algo en particular, sino simplemente porque está ocurriendo.
Porque estoy aquí, porque todo esto es real. Me recompongo rápidamente, me seco los ojos, tomo la cámara y, paso a paso, empiezo a fotografiar para no ahogarme en mi propia emoción.
El artista sale al escenario con un papel, un maquillaje, un truco. Pero debajo de todo eso hay una persona: ayer le dolía un diente, hoy le duele el alma, y mañana, aun así, saldrá bajo la cúpula.

El artista no es una función, es un don y una vulnerabilidad. Te ríes con las bromas del payaso, pero tal vez le tiemblen las manos del dolor. Aplaudes a la acróbata, y ella acaba de escribirle a su madre que la extraña.

Ver eso no destruye la magia. La hace real.
En la frontera entre el arte y la oración
Mirar al artista como a un “intérprete” es fácil.

Mirarlo como a una persona que decidió estar contigo a través del arte —eso es la verdadera gratitud.

*Puedes ver las fotos en pantalla completa haciendo clic sobre la imagen.
Circo Circo — donde las personas son más importantes que los trucos
La música calla, pero por dentro todos mantienen el ritmo.
Intermedio.
Todos los artistas ya se han dispersado a sus puestos: palomitas, agua, juguetes... para que ningún niño se vaya triste.
Alguien bebe agua, alguien ríe, alguien se ha escondido tras su teléfono.
El aire huele a algodón de azúcar y a polvo.
Todos están vivos —y eso ya es un milagro.
Segundo aliento
En el segundo acto, el circo deja de ser circo.
Aquí no hay trucos, hay confesiones:
cada movimiento es una frase dicha sin palabras.
Y lo único que queda es mirar y creer.
Hay momentos en los que el público sonríe.
Y yo miro —y apenas contengo las lágrimas.
No veo un espectáculo, veo corazones
que brillan en la oscuridad
a pesar de todo.
Porque el ser humano dentro del artista es lo que queda cuando se apagan las luces.
Es él quien se lleva a la cama la alegría, el moretón, el calor, la fotografía, tu sonrisa.
Y tal vez, gracias a eso, vuelva a salir al escenario una vez más.